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Un viaje a la tierra de mis antepasados

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A los diecisiete años hice un viaje con mi padre del que tengo los más dulces recuerdos. El trayecto  estaba dominado por la grandeza montañosa de varias sierras, entre colinas y muchos ríos en valles profundos. Fue un viaje inolvidable. Hasta el día de hoy, tengo un vivo recuerdo de nuestro tiempo juntos, de las largas horas de conversación, de la gran belleza de la naturaleza que se desplegaba a nuestro alrededor, el acebo, los robles y los castaños típicos de esa región de Portugal, con paisajes deslumbrantes. Fue un viaje impresionante. Sin embargo, al llegar más al norte del país, en Villa Real, la ciudad natal mi padre, los recuerdos familiares afloran y se transforman en el tema principal del viaje.

Mi padre relataba con emoción un sinnúmero de historias, tanto de su infancia como de su juventud. A medida que caminábamos, me iba dando detalles de las experiencias vividas en los diversos lugares por donde transitábamos. Contaba con sentimiento y afecto historias de sus propios padres, algunos de esos relatos describían enormes desafíos y pruebas. Sus palabras estaban colmadas de ternura y aprecio por ellos y por las experiencias que habían vivido.

Los días pasaban raudamente como si fueran minutos. Me quedo inmerso en aquellas historias del pasado donde se hallan lecciones profundas de la vida, lecciones de empatía, compasión, paciencia, tribulación y gozo.

El esfuerzo de mi padre por encontrar información sobre su linaje y completar sus cuatro generaciones, estaba envuelto de un poder mucho más profundo que el de simplemente juntar nombres y organizar el árbol genealógico de su familia. Su anhelo era realizar, sin dilación, las ordenanzas vicarias en el templo por sus antepasados, a fin de poder estar con ellos después de esta vida.

Pocos meses antes de ese memorable viaje, habíamos conocido y escuchado el mensaje de los misioneros y aceptado la invitación de ser bautizados. El conocimiento del plan de salvación cambió nuestra perspectiva y la forma de ver los eventos e historias de nuestros antepasados. Nuestro amor por ellos aumentó significativamente.


Sabemos que nuestra esperanza y felicidad dependen de saber quiénes somos, de dónde venimos y a dónde podemos ir. Somos seres eternos, hijos espirituales de un Dios eterno.


Sabemos que nuestra esperanza y felicidad dependen de saber quiénes somos, de dónde venimos y a dónde podemos ir. Somos seres eternos, hijos espirituales de un Dios eterno.

Nuestra vida puede compararse a una obra de teatro en tres actos: la vida pre-terrenal, antes de venir a la tierra; la vida mortal, nuestro tiempo aquí en la tierra; y la vida post-terrenal, adonde vamos después de morir (véase Tópicos en lds.org: Plan de Salvación).

Dios tiene preparado un plan para nuestra vida desde el comienzo del primer acto, un plan que, al seguirlo, nos brinda consuelo y guía ahora, y salvación y felicidad eterna en la vida post-terrenal.

Nuestra vida en la tierra tiene un propósito. El venir a la tierra es parte del plan que Dios tiene para nosotros, con el fin de obtener un cuerpo físico y aprender a elegir entre el bien y el mal.

Las historias que mi padre compartió conmigo en aquel viaje, enfatizaban un principio que necesitamos recordar siempre, de que hemos venido a esta tierra para que tengamos experiencias que nos ayuden a aprender y que seguir el plan de Dios es la manera más segura de enfrentar los desafíos de la vida y hallar felicidad.